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[ENTREVISTA] “Cada rodaje es un nuevo comienzo”: la experiencia de Antonello Novellino en Ciudad Sin Sueño

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Antonello Novellino, director de producción de Ciudad Sin Sueño, habla sobre los desafíos de rodar en la Cañada Real con un equipo de 30 personas. La película, dirigida por Guillermo Galoe, se estrenó en la Semana de la Crítica del Festival de Cannes 2025 y ve cerca en el horizonte su llegada a salas comerciales.

Cada proyecto es un nuevo comienzo. En esta película, ¿qué retos de planificación enfrentaste desde la producción?

Trabajo en esto desde hace 28 años. Empecé en 1997 con mi primer cortometraje. Ha pasado muchísimo tiempo y he podido ganar mucha experiencia, sobre todo gracias a los cortos. Parece una tontería, pero he hecho muchos, probablemente demasiados.

Cada proyecto es diferente. He tenido la oportunidad de formarme y hacer cosas distintas con diferentes directores. Como dices, cada proyecto es un comienzo nuevo. Después de tantos rodajes, todo se vuelve un poco más sencillo porque ya has probado cosas muy distintas: desde producciones muy pequeñas hechas con casi nada, hasta proyectos grandes con financiación importante.

En este caso, a pesar de la experiencia, la película fue especialmente compleja de realizar. Rodamos en la Cañada Real, en estrecha colaboración con sus vecinos. El trabajo de documentación previo del director, Guillermo Galoe, fue fundamental: llevaba años acompañando a la comunidad y conociendo sus historias, primero a través del documental y después con el cortometraje. Ese vínculo de confianza y respeto con las familias facilitó el diseño de producción del largometraje.

Aun así, grabar en una comunidad con su propio ritmo y naturaleza, ajena a los tiempos del cine, fue todo un reto. La Cañada tiene una vida muy particular, y había que adaptarse a ella día a día, estando siempre abiertos a la improvisación. Por eso fue esencial contar con un equipo técnico resolutivo, sobre todo mi equipo de producción, Paco Úbeda, Edu Bodegas, Fran Escuder, Dope, Joaquín Vergara, Ivan Robleño,  Fernando Melenchón, David Fontanillo, David Fernández, Paloma Pérez Sánchez, Yadira Avalos, Guadalupe Puebla, Helen Sánchez, Irene Burgueño entre ellos. A la colaboración del equipo de Casting con Elena Saura y Mario Torres, que estaban en contacto con muchas personas del lugar, nuestro localizador, Ramon Masats, que, a diferencia de otros localizadores actuales que miran casas de agencia desde su casa, ha buscado, conseguido, tratado con las localizaciones donde hemos rodado y también quería dar una nota al equipo de eléctricos y grip, involucrados al máximo con el proyecto (Kiko Boyero, Víctor Sarasa, Guerre y Lobo) y en general a todo el equipo de la peli flexible y profundamente entregad, capaz de responder con creatividad ante cada nueva circunstancia que el entorno nos presentaba.

¿En algún momento pensaron en descartar la localización real y buscar alternativas?

Personalmente lo valoré y planteé como opción, sobre todo por los imprevistos que podían surgir durante el rodaje. Sin embargo, entendimos pronto que la naturaleza y los tiempos de los espacios en los que trabajábamos eran prioritarios e inevitablemente marcaban el ritmo de cada jornada. La clave era ser honestos con lo que la ficción pretendía transmitir: buscar una verdad sin romantizarla. Las localizaciones no eran meros escenarios, eran los hogares de las personas que habitan allí, y eso implicaba comprender también las complejidades emocionales que conllevaba filmar en su entorno cotidiano.

¿Cómo fue la planificación del rodaje? ¿Cuánto tiempo rodaron y cómo se organizaron?

Contábamos, además, con un espacio fundamental: una antigua fábrica de muebles de los años sesenta, donde actualmente las asociaciones locales trabajan a diario con las familias y los niños de la comunidad. Ese lugar se convirtió en el corazón logístico del rodaje, un punto cómodo y funcional desde el que organizábamos toda la operativa del día a día.

Lo más complejo era coordinar los horarios y las confirmaciones de los participantes. No estaban acostumbrados a la dinámica de un rodaje, y cada jornada traía consigo imprevistos: ausencias, retrasos o situaciones personales que nos obligaban a reajustar constantemente la planificación. Gracias a la implicación del párroco, que mantenía una relación cercana con parte del equipo, conseguimos ampliar nuestra base de trabajo y utilizar también la iglesia del lugar para traer el catering y disponer de un espacio de encuentro.

Dado el alto número de niños implicados en el proyecto, quisimos que no interrumpieran su rutina educativa. Durante los fines de semana, la iglesia se transformaba en un aula multimedial donde podían continuar con sus clases y tareas escolares mientras rodábamos.

Con proyectos así no se puede trabajar como en una película convencional. Hay que tener agilidad, flexibilidad y una gran capacidad de resistencia. Cada día requería adaptarse, reaccionar rápido y mantener el compromiso colectivo con una película que, desde su origen, pedía trabajar desde la realidad y con la gente que la habita.

¿La producción asumió algún tipo de responsabilidad social con la comunidad?

Desde el inicio tuvimos muy claro que no queríamos invadir, sino trabajar con la comunidad. La película no podía ser una irrupción, sino una colaboración real y respetuosa. Por eso integramos en el equipo a un grupo de asistentes sociales que estudiaron cada caso de manera individual, con el objetivo de garantizar que la participación de los vecinos se desarrollara en condiciones justas y seguras.

Durante el proceso, muchas de las familias implicadas dependían de subsidios o ayudas públicas, y había situaciones administrativas complejas. Con un acompañamiento constante, las productoras realizaron un seguimiento exhaustivo para asegurarse de que, tras las contrataciones, todo se formalizara correctamente. Conseguimos tramitar documentación y permisos que resultaban fundamentales para poder dar de alta legalmente a algunos participantes, y lo hicimos en tiempo y forma, a pesar de las dificultades burocráticas.

El compromiso fue más allá del rodaje: durante y después de la filmación, el equipo mantuvo contacto con las familias para asegurarse de que los acuerdos y apoyos previstos se cumplieran. Fue un trabajo sensible, sostenido y profundamente humano, que reforzó la relación de confianza construida con la comunidad y dio sentido al espíritu del proyecto.

En términos logísticos, ¿cómo se organizó el rodaje en la Cañada Real?

La propia naturaleza del lugar marcaba las reglas. La Cañada Real es un asentamiento irregular, con calles estrechas, accesos limitados y un trazado que no permite el movimiento habitual de una producción cinematográfica. No se trataba solo de adaptarse, sino de aceptar que ese entorno tenía su propio ritmo y su propia lógica.

Teníamos una pequeña base dentro de la Cañada, desde donde organizábamos todo. Por el difícil acceso, solo podíamos entrar con coches y furgonetas pequeñas; los camiones grandes eran inviables. Allí almacenábamos el vestuario, el maquillaje y parte del equipo técnico, y desde ese punto salíamos cada día a rodar.

Un rodaje, por definición, siempre es algo que se instala temporalmente en un lugar. En este caso, esa sensación se multiplicaba: era como mover un elefante dentro de una cristalería. No había espacio para estructuras, camiones ni las comodidades habituales. Todo requería ingenio, esfuerzo físico y una enorme coordinación del equipo.

Me gustaría profundizar en la relación con la comunidad local. ¿Qué retos encontraron en ese primer acercamiento?

Guillermo, junto a su hermana Marina productora de Sintagma,  ya tenían un conocimiento profundo del lugar y de las familias por los años de trabajo que había desarrollado allí. Esa relación previa fue esencial para abrirnos las puertas y generar confianza. Nuestro papel desde la dirección de producción fue además de revisar documentación, escuchar sus inquietudes y encontrar la manera de rodar sin ser invasivos, respetando siempre su entorno y sus dinámicas cotidianas.

Nos encontramos con personas con muchas ganas de participar, de sentirse parte de algo, pero que por sus circunstancias no siempre habían tenido la oportunidad. Los niños, en especial, mostraban una curiosidad enorme por todo lo que hacíamos. Recuerdo una niña del reparto que se sentaba conmigo a ver cómo preparaba los Excel, porque decía que quería ser secretaria de mayor. Tenía ilusión, pero nadie le había enseñado que podía aspirar a eso. Su entorno no le ofrecía modelos de futuro posibles.

Al principio existían prejuicios y desconfianza por ambas partes. Ellos temían que llegáramos para aprovecharnos, y nosotros también teníamos el miedo de no ser comprendidos. Pero con el tiempo, a través del trabajo diario, la escucha y la presencia, esa barrera se fue deshaciendo. Al final, lo que quedó fue una relación de respeto mutuo y una colaboración que transformó tanto la película como a todos los que formamos parte de ella.

¿Qué aprendizaje te deja este proyecto? ¿Volverías a hacer un proyecto de este tipo?

Hemos aprendido mucho. Si tuviéramos que hacerlo de nuevo, ya sabríamos cómo preparar la documentación, cómo acercarnos a los vecinos y como resolver muchos otros problemas relacionados con un rodaje de estas características.

Sin embargo, no me gustaría tener que volver a trabajar en un proyecto así, por la sencilla razón de que espero que en el futuro no exista algo como la Cañada. Me encantaría que pudieran vivir dignamente, con luz, con casas en condiciones, con trabajo estable, como cualquier otra persona, hay solo que darle una posibilidad…



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