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Entrevista a Javier Calvo Torrecilla: “Quise hacer una película sencilla pero sincera”

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El guionista, director y productor aragonés Javier Calvo Torrecilla presenta su ópera prima, «Cariñena, vino del mar», y nos cuenta en esta entrevista los pormenores del recorrido completo del proyecto, desde el desarrollo hasta su estreno comercial. La película llegará a salas a nivel nacional el 4 de septiembre, tras una acogida muy positiva en Aragón.

Vienes de una carrera en la publicidad, el documental, la televisión… ¿Cómo llega esta oportunidad de hacer tu primera película de ficción y cómo conectas con la novela para decidir contar esta historia?

Pues llega porque quise hacerla. Ya se me había caído una película hace diez, doce, incluso trece años. Yo trabajaba en una productora, Ovideo, en Barcelona, y tenía un proyecto muy desarrollado que al final no salió adelante, como suele pasar. Sin darme cuenta, terminé metido en el mundo de la televisión y la publicidad, hasta que un día me pregunté: “¿Qué estoy haciendo con mi vida? Yo quería hacer cine”. Y ahí fue cuando decidí resetear y plantearme en serio hacer una película.

La novela me la pasó mi amigo Antón. En cuanto la leí, vi clarísimo que tenía una película dentro. Le pregunté si me dejaba hacer un guion y me dijo: “Es tuya, haz lo que quieras”. Ni siquiera hablamos de licencias al principio; me la cedió desinteresadamente porque somos amigos y confiaba en mí.

A partir de ahí fui armando la estructura compleja de financiar una película, aportando parte de mi propio dinero y con el apoyo de mi productora, Vakyrino. Cuando ya había material rodado, lo mostré y gustó mucho. Teníamos que grabar en Galicia, pero la película se rodó en dos fases por cuestiones de tiempo: primero en otoño de 2023, durante la vendimia, y después en verano de 2024, porque filmar el mar en Galicia en invierno era inviable.

En ese momento entraron Produccións A Fonsagrada y Filmax, que se sumaron a la coproducción, y también Televisión de Galicia. Todo se fue construyendo poco a poco, de manera casi quijotesca: yo decidí que quería hacerla y busqué, como director, guionista y productor, a todos los aliados posibles. Aquí, en Aragón, encontré mucho apoyo: la Denominación de Origen, ayuntamientos, el Gobierno de Aragón, incluso presenté el guion al premio de la diputación y lo gané.

Empecé a escribir en 2019, antes de la pandemia, y desde entonces todo se ha ido sumando. Esto es muy largo.

¿Cómo te enfrentaste a eso? Nos has contado que Antón Castro te dio todas las libertades. El título de la película combina dos títulos publicados por este autor… ¿La película está inspirada en ambas publicaciones?

Sí, Vino del mar es un poemario. Pero del poemario solo cogí el título. Sinceramente, creo que ni siquiera llegué a abrirlo —y eso nunca se lo dije a Antón. El título me gustó mucho porque jugaba en dos sentidos: por un lado, él “vino del mar”, de Galicia; y por otro, el “vino del mar” que evocan los viñedos.

En los viñedos yo veía una especie de oleaje. No una planicie, sino colinas que, con las hileras de viñas en diagonales, generan profundidad y formas que parecen olas. Incluso con el viento, me recordaban al movimiento del mar. Por ahí surgió el título: un juego entre el origen de Antón y ese mar de viñedos.

Y, como te digo, Antón me dejó total libertad. No vio nada hasta que vio la película. Bueno, el guion sí se lo enseñé, pero del rodaje no supo nada. Hicimos un pase técnico en diciembre y lo invité a verla. Se emocionó, lloró y me abrazó. Fue muy bonito.

¿Cómo abordaste la escritura del guion a partir de la novela? ¿Hiciste tuya la historia y fuiste sumando elementos personales en el guion o tomaste un enfoque más neutral y fiel a la historia original?

Yo siempre he entendido que, para que algo funcione, tengo que hacerlo mío, sentirlo como propio. Lo he hecho en publicidad y, por supuesto, aquí también. En este caso, tomé la peripecia del viaje que vivió Antón, pero a partir de ahí me fui a mis propios 18 años.

Muchas de las cosas que aparecen en la película me han pasado a mí, y la forma de hablar de los personajes es la mía. Aquí en España —y lo digo siempre— todos tenemos un pueblo, ese lugar donde pasamos un verano. Y me interesaba mucho relatar ese verano del descubrimiento que todos hemos tenido: un momento en el que no decides tanto qué quieres ser, sino qué no quieres ser.

Eso me parece fundamental. Tener claro: “Esto no”. Y eso es lo que le pasa a Antón en la película. Está perdido, no sabe aún a qué dedicarse, pero sí sabe que no quiere ser electricista ni trabajar en determinados oficios. Ese proceso lo entendí muy bien porque también lo viví.

Hice la historia mía a través de personajes muy cercanos. El personaje de Teo, por ejemplo, es mi abuelo. Se llama Teo, como él, y viste igual. Cuando trabajamos en el vestuario, enseñé una foto de mi abuelo y dije: “Este personaje tiene que ser así”.

También está la muerte de Isidro, que en el libro apenas aparece una vez. Yo le di más recorrido y su muerte en la película es exactamente la de mi abuelo. Él murió con 96 años, de forma serena, como la gente buena merece. Estaba sentado en la terraza de su casa en La Rioja, mirando las huertas, pidió un vaso de leche a su hija, y cuando se lo llevaron ya se había quedado dormido, inclinado hacia un lado, tal como muere Isidro en la película.

Por eso digo que es una historia muy personal. Al final está llena de detalles y experiencias que son míos.

Eso se siente. Lo primero que te dije al empezar la entrevista fue que es una película sincera, y lo mantengo.

¡Cómo me gusta que digas eso! Porque a todo el equipo siempre les decía lo mismo: “Vamos a hacer una película sencilla pero sincera”. Esa era la premisa. Me encanta que lo percibas así, porque detrás de esa sencillez hay en realidad mucha complejidad.

Parece simple, pero cuando uno la analiza, se da cuenta de todo lo que hay detrás. Es una historia aparentemente sencilla —un chico que deja a sus padres para encontrarse a sí mismo—, pero en realidad es también una película de época. Tiene un enorme trabajo de vestuario y de diseño de producción… ¿Cómo fue ese reto de traer de vuelta aquellos años?

Desde el primer plano queríamos que se sintiera que estábamos en otro tiempo. El vestuario fue estupendo, de Arantxa Azquerro y Laura, y cuidamos cada detalle. Soy muy pesado con todos los departamentos —música, vestuario, arte—, pero creo que era necesario. Incluso revisamos las matrículas de los coches.

La búsqueda fue enorme: había que encontrar coches de época, pero que no parecieran viejos, porque en aquel momento eran vehículos en uso, brillantes, funcionales. Lo mismo pasó con los escenarios. El bar, por ejemplo, lo encontramos en Zaragoza: estaba intacto, anclado en los setenta. Para mí fue un golpe de memoria, porque me recordó al bar de mi tío en La Rioja, que tenía esas mismas neveras rojas que me marcaron de pequeño. Cuando lo vi, supe que quería rodar allí.

Más que añadir cosas, se trató de quitar elementos modernos y luego sumar pequeños detalles: botellas de leche de la época, radios antiguas, objetos cotidianos. Hicimos un listado enorme e íbamos tachando a medida que encontrábamos cada pieza. El equipo de arte hizo un auténtico milagro.

Cada plano respira verdad: parece realmente 1978. Lo mismo con maquillaje y peluquería. Teníamos referencias muy claras: el personaje de Alba (Chris) lo imaginamos con un aire a Jane Fonda en los setenta, fuerte y reivindicativa. En el caso de Antón, nos inspiramos en Serrat de esa época, en su estilo, en su manera de vestir. Para Miguel, tomamos de referencia a John Travolta en Fiebre del sábado por la noche.

Incluso con otros personajes recurrimos a fotos de juventud de mi propia familia: camisas abiertas, estilos de la época… Fue un trabajo muy divertido y muy cuidado, un gran esfuerzo de arte, producción y vestuario.

La película tiene muchos exteriores. ¿Qué retos ha supuesto este planteamiento y cómo los superaron?
Claro, un día tenías 40 grados y al siguiente una tormenta. Tenemos anécdotas de todo tipo.

Por ejemplo, la poza donde Antón intenta darle un beso a Cris está en la sierra de Albarracín, en Teruel, y allí hacía un frío indescriptible. Los chicos estaban helados dentro del agua, así que tuvimos que rodar a toma única. Era imposible repetir. Yo iba en una barca junto al operador de cámara y el de sonido, pegado a ellos para poder dirigirles en el momento, porque sabía que solo tendríamos una oportunidad.

Y al día siguiente, en cambio, podíamos estar muriéndonos de calor. Esa era la dinámica. Otro ejemplo: la escena del beso en el viñedo, que era fundamental para la película. Reservé todo el día para rodarla… y empezó a llover a mares. Parecía que no iba a parar nunca. Todo el equipo se fue a comer y yo me quedé allí, casi como invocando que escampara, pidiendo aunque fuera quince minutos de tregua.

Al final paró y pudimos rodar. Y lo curioso es que la lluvia le dio a la secuencia un dramatismo extra: el cielo encapotado, oscuro, con ese aire de que algo malo se avecina. Fue un regalo inesperado.

Así es trabajar en exteriores: muchas veces toca jugar a favor de lo que te encuentras. Pero, eso sí, ha sido un rodaje muy duro.

Eres director, guionista, montador y además productor de la película.  ¿Cómo manejaste tantos roles en esta producción?

Por un lado, está la parte de producción, donde muchas veces sabes que no puedes hacer todo lo que imaginas. Cuando empiezas a escribir piensas: “500 manifestantes”, y luego dices: “Bueno, espera… serán 80”. Esa es la realidad.

Pero hay otra parte que para mí es una ventaja. Yo trabajé mucho con Bigas Luna, que fue como un padre para mí, y me decía: “Qué suerte tienes de vivir en esta época”. Se refería a que ahora muchos directores también montamos. Y creo que es una suerte, porque cuando escribo ya estoy pensando cómo voy a rodar y cómo voy a montar. Eso le da una coherencia absoluta a la película.

Si le entregara el material a un montador externo, seguramente cuidaría mucho la narración, pero no tendría la misma sensibilidad por ciertos detalles. Yo siempre digo que incluso un simple movimiento de pupila —que un personaje mire un grado más a un lado o al frente— cambia el sentido de una escena. Y ese tipo de cosas solo las entiende quien estuvo allí rodando.

Por eso creo que tener el control desde la escritura hasta el montaje final es una ventaja: todo respira la misma armonía.

Claro, la parte dura llega con la producción: buscar dinero, gestionar la distribución… Durante el rodaje intenté desentenderme de eso, pero antes y después fue inevitable. Es la parte más dura y menos creativa, la que quita el sueño.

De todas formas, con 30 años en la profesión vas aprendiendo a encajar todo. Y a mí, sinceramente, me gusta acompañar la película después del rodaje. Voy a coloquios, hablo con el público, escucho sus reacciones. Eso también forma parte del proceso.

Levantar una película en España es muy complicado, y más una producción independiente. Pero tienes que asumir el “pack completo”: guionista, director, montador y productor. Al final, la película acaba saliéndote por las orejas, pero así es como consigue ver la luz.

Cariñena, vino del mar ha sido bien recibida en Aragón. Vi que tenían muchas reseñas y comentarios buenos. Cómo se planteó la distribución y qué esperan del estreno comercial de la película a nivel nacional este próximo 4 de septiembre.

Lo más guay ha sido, primero, tomar decisiones con Filmax sobre cómo íbamos a distribuir la película y cuál sería el estreno perfecto. Llegamos a barajar festivales importantes que podían encajar muy bien, pero las fechas se nos iban demasiado lejos. Y nosotros entendimos que era una película de verano, de final de primavera, principio del verano. Estrenarla en noviembre no tenía sentido.

Así que decidimos estrenarla en junio, aquí en Zaragoza. Y está siendo increíble. Para que te hagas una idea: La furia, también de Filmax, ganó tres premios en Málaga y tuvo 6.000 espectadores. Nosotros vamos camino de llegar a Madrid con unos 10.000, lo cual es una barbaridad en la situación actual del cine.

Ya hemos superado los 9.000 y, lo mejor de todo, es que está ocurriendo sin apenas publicidad. Desde la segunda semana no hemos invertido en anuncios, solo redes sociales. Todo está siendo boca a boca. Y eso te refuerza mucho: te dice que la película está gustando de verdad.

En cuanto a festivales, dejamos un poco de lado los más grandes por el calendario, pero ahora vamos a participar en aquellos que aceptan películas ya estrenadas. Veremos qué pasa.

Pero, sobre todo, estoy contento con la respuesta del público. Aquí en Aragón está siendo un acontecimiento. Llevamos nueve semanas en cartel, que es una barbaridad, compitiendo contra todos los blockbusters del verano.

Me hacía mucha gracia ir al cine y ver en cartelera Los Cuatro Fantásticos, Superman, Elio, Misión Imposible… y, en medio de todas, la mía. Tengo fotos de eso porque me parecía hasta ridículo. Y, sin embargo, ahí sigue, funcionando muy bien. Estoy muy contento.

Al principio pensábamos estrenar el 19 de junio aquí, en Zaragoza. Llenamos la sala del cine Palafox, que es uno de los más grandes de España: mil personas viendo la película. Mil personas. Eso ya no es el cine de ahora, eso era el cine de antes. Vino Helena Sánchez, de Televisión Española, a moderar el coloquio, y me dijo “esto es de antes, esto ya no existe, un estreno con mil personas”. Fue precioso.

Después de eso, la idea era estrenar el 17 de julio en Madrid. Teníamos la fecha cerrada, en los Cines Embajadores. Pero dos o tres semanas antes decidimos frenar. Nos dimos cuenta de que la película estaba funcionando muy bien y que estrenarla un 17 de julio, con 40 grados y todo el mundo fuera de Madrid, era casi tirarla por la borda. Tuvimos la sensación de que íbamos a perder fuerza. Y ahí Filmax estuvo muy acertado: me dijeron “Javier, vamos a esperar”. Y así lo hicimos: el 4 de septiembre estrenamos en Madrid.

¿Con qué presupuesto y en cuánto tiempo rodaron esta película?

El presupuesto rondó el millón de euros. El rodaje fueron unas seis o siete semanas en total, unas 30 jornadas más o menos, porque hubo también un parón en medio. Aunque sea una película independiente, no bajábamos de 70 personas de equipo cada día, y en las jornadas con extras llegamos a superar las 200. Muchos de ellos, además, tenían frase; al final, intervino muchísima gente. 

El presupuesto está muy bien aprovechado: las localizaciones, el arte, también grabamos la música original de mi amigo, Gonzalo Alonso, con una orquesta sinfónica en Bratislava… Son cosas que suelen encarecer mucho una producción. Lo que pasa es que el director, guionista y montador —que soy yo— cobró poco, ahí estuvo el ahorro.

Después de todo este proceso, ¿qué planes de futuro tienes como director?

Pues mira, han sido cuatro años viviendo solo para esta película, en algunos momentos lo he pasado fatal, con todas las dificultades económicas… y cuando me preguntaron qué iba a hacer después, dije: otra peli. Mi idea es retomar un guion que escribí hace 12 o 14 años y que quedó aparcado. Me lo voy a llevar ahora de vacaciones para leerlo de nuevo y reencontrarme con ese chico que lo escribió entonces. 

En principio, sí, quiero volver a rodar. Eso sí, esta vez no quiero ser productor absoluto; me gustaría seguir teniendo parte de producción porque ahí se toman decisiones importantes, pero no cargar con todo el peso. Y, sobre todo, viendo la respuesta del público, pienso que algo estoy contando de una forma que conecta, así que habrá que hacer otra, quizá un poquito más grande.

Aquí les dejamos el tráiler de Cariñena, vino del mar.

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