En los últimos años se ha instalado una sensación incómoda alrededor del audiovisual contemporáneo: algo esencial parece haberse diluido. No es solo una cuestión de mercado o de nuevas ventanas de explotación, sino de cómo se toman las decisiones y desde dónde. De ese malestar habla el artículo La muerte de Hollywood: cuando los gestores reemplazan a los artesanos, una reflexión crítica sobre el rumbo que está tomando la industria.
El texto utiliza como detonante la posible compra de Warner Bros. por parte de Netflix, pero rápidamente amplía el foco. Lo que está en juego no es una operación corporativa concreta, sino un cambio estructural: el desplazamiento progresivo de los creadores y productores con sensibilidad artística por perfiles puramente gestores, orientados casi exclusivamente a métricas, eficiencia y escalabilidad. El resultado, según se apunta, es una creciente estandarización del contenido y una pérdida clara de ambición cultural. No es casual que el artículo hable de “una nube de mediocridad” que se cierne sobre muchos productos actuales.
El autor del texto, Matthew Crawford, sitúa esta deriva dentro de un marco más amplio de crítica al capitalismo contemporáneo. En una de las frases más duras del artículo afirma que “el capitalismo parece haber entrado en una fase activamente misantrópica. Las empresas no sólo odian a sus trabajadores. Odian a sus clientes”. Trasladado al audiovisual, esto se traduce en contenidos pensados para retener atención, no para generar sentido, emoción o memoria.
Netflix aparece en el texto como símbolo —no como único responsable— de un modelo donde el algoritmo y el dato pesan más que la intuición creativa o la experiencia acumulada. De hecho, se recoge la percepción de algunos profesionales de Hollywood de que estas plataformas “no están interesadas en las películas ni en la televisión, es decir, en los personajes, las historias y todo eso”. Una afirmación provocadora, pero reveladora del choque entre dos formas muy distintas de entender el cine y las series.
Frente a esta lógica industrial, Crawford contrapone la figura del artesano: alguien que se preocupa por el objeto que produce, por su calidad intrínseca, por el trabajo bien hecho. Una ética del oficio que choca con una cultura empresarial centrada en “recompensas externas” como el crecimiento, la cuota de mercado o el rendimiento financiero a corto plazo.
Más que certificar la muerte de Hollywood, el artículo funciona como una llamada de atención. Una advertencia sobre lo que se pierde cuando la industria audiovisual deja de estar guiada por personas que aman las historias y pasa a estar dominada por gestores que solo ven productos. Y deja flotando una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿puede sobrevivir el cine como forma cultural si quienes deciden sobre él no creen realmente en su valor artístico?
Fuente:
Matthew Crawford, “La muerte de Hollywood: cuando los gestores reemplazan a los artesanos”, Diario de Chiapas.