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Las 3 razones por las que fracasan la mayoría de las películas
Publicado
hace 3 mesesel

En la industria del cine actual existe una tendencia bastante habitual a buscar explicaciones complejas cuando una película no funciona. Se habla de la estrategia de distribución —la fecha de estreno, el número de salas—, del alcance de la campaña de marketing o del desempeño del reparto. Pero, en realidad, muchas películas fracasan por tres motivos bastante más simples: un guion no tan sólido como parecía, una desconexión entre la ambición del proyecto y su capacidad real para ejecutarlo; y la ausencia de una mirada verdaderamente propia.
La historia sigue siendo más importante que el equipo
La tecnología ha democratizado el acceso al audiovisual hasta un punto impensable hace unos años. Hoy es posible rodar con cámaras extraordinarias, conseguir acabados muy sofisticados y replicar estéticas que antes solo estaban al alcance de grandes estudios.
Sin embargo, esa mejora técnica no garantiza mejores películas.
Cada vez es más habitual encontrar proyectos impecables a nivel visual, pero incapaces de generar verdadero interés narrativo. Películas donde todo parece correcto… salvo aquello más importante: lo que están contando.
Ahí están ejemplos como “Avatar” o “The Creator”, películas visualmente apabullantes cuyo debate crítico giró en gran medida alrededor de la debilidad o simplicidad de sus guiones. En España ocurre algo parecido con muchas producciones técnicamente impecables que desaparecen rápidamente de la conversación porque, más allá del acabado visual, no terminan dejando una verdadera huella narrativa.
El espectador puede aceptar ciertas limitaciones técnicas, pero rara vez conecta con una historia vacía, personajes poco definidos o relatos sin personalidad.
Por el contrario, películas mucho más contenidas como “Clerks”, “Coherence” o, en España, “As bestas” y “La isla mínima” demostraron que una voz clara y una buena escritura pueden generar muchísimo más impacto que cualquier despliegue técnico.
Al final, el cine sigue funcionando sobre la misma base de siempre: una buena historia bien contada. La tecnología puede elevarla, pero difícilmente puede sustituirla.
Muchas películas intentan ser más grandes de lo que realmente son
Otro problema frecuente aparece cuando una película intenta abarcar mucho más de lo que sus recursos permiten sostener.
Grandes secuencias, múltiples localizaciones, escenas técnicamente complejas o estructuras excesivamente ambiciosas suelen acabar generando proyectos descompensados, donde la película persigue constantemente una escala que no puede ejecutar con solvencia.
Y eso no depende únicamente del presupuesto. También tiene que ver con la planificación, el enfoque creativo y la capacidad de entender qué tipo de película puede hacerse realmente.
Muchas de las películas más inteligentes de los últimos años han entendido precisamente lo contrario: que limitar la escala puede fortalecer la propuesta. “Buried” construía prácticamente toda su tensión dentro de un ataúd. “Locke” convertía un trayecto en coche en una película entera. Y en España, “Upon Entry” o “Casa en flames” demuestran cómo una propuesta contenida y muy consciente de su escala puede resultar mucho más eficaz que proyectos empeñados en aparentar una dimensión mayor de la que realmente pueden sostener.
Las películas suelen funcionar mejor cuando existe coherencia entre la ambición de la propuesta y los medios disponibles para llevarla a cabo.
Eso no significa renunciar a la ambición, sino entender que cada proyecto necesita encontrar su propia escala. Muchas veces, las limitaciones obligan a simplificar, concentrar la narrativa y tomar decisiones más precisas. Y precisamente ahí aparece parte de la personalidad de una película.
El verdadero diferencial sigue estando en la mirada del autor
Hoy el verdadero diferencial está en otro sitio: la mirada del autor.
La capacidad de asumir riesgos creativos reales. De tener algo concreto que contar y una forma propia de hacerlo.
Mientras gran parte de las películas tienden a minimizar riesgos para justificar presupuestos cada vez más grandes, las propuestas más interesantes suelen permitirse explorar estructuras poco convencionales, personajes incómodos, temas aparentemente menos comerciales o enfoques narrativos más radicales.
Ahí están casos recientes como “Los domingos” o “Sorda”, películas que se atreven a construir relatos desde lugares emocional y comercialmente menos evidentes. También ejemplos internacionales como “The Zone of Interest” o “Everything Everywhere All at Once”, propuestas que difícilmente existirían si sus autores hubieran intentado ajustarse únicamente a fórmulas tradicionales o a criterios puramente industriales.
Porque muchas veces lo que hace memorable a una película no es su tamaño, sino su personalidad.
Y probablemente ahí sigue estando el verdadero valor del cine: no intentar imitar lo que ya funciona, sino hacer películas que otros jamás se atreverían a hacer.
Licenciado en Comunicación Audiovisual, Master MBA y Master en Administración de Industrias Culturales. A lo largo de mi vida laboral he participado en la producción de diversos proyectos audiovisuales de televisión, publicidad, video digital y cine tanto en España como en Reino Unido, Perú y México. Desde 2018 trabajo Morena Films (Madrid) donde actualmente desarrollo mis propios proyectos como productor de cine y televisión.

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